El uso cotidiano de celulares, tablets y otros dispositivos abrió un nuevo debate en las escuelas: ¿cuánto tiempo frente a una pantalla es demasiado y qué impacto puede tener sobre la capacidad de los chicos para concentrarse, aprender y desarrollar habilidades cognitivas?
El tema volvió a instalarse a partir de un informe que advierte sobre las dificultades que atraviesan los estudiantes de nivel primario para alcanzar los conocimientos esperados al finalizar su escolaridad. En este contexto, la pedagoga Irene Kit analizó en diálogo con AIRE el vínculo entre los hábitos digitales, la búsqueda de recompensas inmediatas y las dificultades que aparecen dentro del aula.
La búsqueda de estímulos inmediatos
Uno de los aspectos señalados en el debate es la exposición de los niños a contenidos digitales diseñados para captar permanentemente su atención. Videos breves, juegos, redes sociales y aplicaciones utilizan estímulos constantes que pueden generar una dinámica muy diferente a la que requiere una actividad escolar.
Leer un texto, resolver un problema matemático o sostener la atención durante una explicación exige tiempo, concentración, tolerancia a la frustración y capacidad para esperar un resultado.
En cambio, buena parte de los contenidos digitales ofrece respuestas y recompensas prácticamente inmediatas. La preocupación de especialistas es que esa diferencia pueda dificultar la adaptación de algunos chicos a los tiempos propios del aprendizaje escolar.
Sin embargo, las pantallas no pueden ser consideradas por sí solas responsables del deterioro educativo. La evidencia internacional muestra que el impacto de la tecnología depende de cómo se utiliza, qué contenido se consume, durante cuánto tiempo y qué actividades desplaza.
La advertencia de la UNESCO
El informe mundial de la UNESCO sobre tecnología en la educación plantea precisamente que la incorporación de herramientas digitales no garantiza automáticamente mejores resultados académicos.
El organismo señala que existen efectos positivos de pequeña o mediana magnitud en determinados usos educativos de la tecnología, pero también advierte que resulta difícil atribuir esos avances exclusivamente a los dispositivos, porque intervienen otros factores como el acompañamiento docente, los recursos disponibles y el tiempo dedicado a la enseñanza.
La UNESCO recomienda que la tecnología complemente y no reemplace la interacción entre docentes y estudiantes, y que las decisiones educativas tengan como prioridad los resultados del aprendizaje antes que la incorporación de dispositivos por sí misma.
Cuando la pantalla desplaza otras experiencias
Otro punto central es qué actividades quedan relegadas cuando aumenta excesivamente el tiempo frente a dispositivos.
UNICEF advierte que el uso de pantallas no debería sustituir actividades fundamentales para el desarrollo infantil, como el juego, la interacción presencial, la actividad física, el descanso y las tareas escolares. También recomienda que las familias establezcan límites y acompañen a los chicos en su relación con la tecnología.
En los niños pequeños, además, UNICEF destaca la importancia de las interacciones cara a cara para el desarrollo de habilidades cognitivas y sociales.
Por eso, el debate no pasa simplemente por “pantallas sí” o “pantallas no”, sino por encontrar un equilibrio entre el mundo digital y las experiencias que requieren contacto humano, concentración y participación activa.
Una escuela frente a nuevos desafíos
La discusión aparece en un contexto educativo complejo, donde las dificultades de aprendizaje no pueden explicarse mediante una única causa.
El nivel socioeconómico, las condiciones familiares, la alimentación, el descanso, la asistencia regular a clases, la formación docente y las estrategias pedagógicas también influyen en el desempeño de los estudiantes.
En ese escenario, el desafío consiste en evitar tanto la demonización de la tecnología como su utilización indiscriminada.
La propia UNESCO sostiene que la tecnología puede ampliar el acceso a recursos educativos y favorecer determinadas formas de aprendizaje, pero su utilización debe estar subordinada a objetivos pedagógicos concretos.
El desafío: recuperar la atención y enseñar a esperar
La discusión sobre las pantallas pone sobre la mesa una cuestión que excede a los dispositivos: cómo enseñar nuevamente a los chicos a sostener la atención, tolerar la frustración y esperar resultados.
En una época marcada por la velocidad y la gratificación inmediata, la escuela enfrenta el desafío de recuperar espacios para la lectura, la escritura, el juego, la conversación y el aprendizaje profundo.
El objetivo no necesariamente es eliminar la tecnología, sino enseñar a utilizarla de manera responsable, evitando que ocupe el lugar de aquellas experiencias fundamentales para el desarrollo infantil.
La pregunta que queda abierta es cómo lograr un equilibrio entre un mundo cada vez más digital y una escuela que necesita que sus estudiantes puedan concentrarse, pensar, comprender y aprender.
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